lunes, 19 de diciembre de 2011

Una lesión que puede cambiar nuestra vida


Las lesiones en el fútbol y cómo afrontarlas.

Uno de los temas que hemos de presenciar en la Fundación Marcet durante los cursos que se realizan en verano y a lo largo del año son la aparición de lesiones que impiden seguir entrenando y, por lo tanto, seguir jugando.

Creo que cuando vives de cerca una lesión, lo primero que vemos es una gran contrariedad ya que la situación no te permite seguir haciendo aquello que deseas de todo corazón y que tanto te gusta. Sin embargo, conforme va pasando el tiempo, te das cuenta de que esto es también algo bueno porque te está preparando para la vida como deportista, ya que a lo largo de su carrera deportiva te vas a encontrar en situaciones parecidas, y como persona ya que es bastante parecido a lo que nos ocurre diariamente: soñamos con algo pero la vida nos lleva por otros derroteros por los que no hemos querido ir.

Si somos capaces de superar esas dificultades con optimismo cuando somos más jóvenes, luego estaremos entrenados para superar dificultades similares y más graves. En esto, los adultos debemos ser capaces de transmitir un mensaje optimista a nuestros hijos o a nuestros jugadores. Siempre existe el lado bueno de las cosas que nos pasan. Siempre.

Quiero contaros un hecho real que me ha impresionado mucho por la cercanía del caso y por el aprecio que le tengo. Jorge es un jugador de 12 años que juega al fútbol muy bien y vive en Alicante. Durante dos años seguidos estuvo viniendo a mejorar su técnica a la Fundación Marcet con la idea de llegar a ser futbolista profesional. Era llamativo el interés que ponía en cada entrenamiento y la constancia y esfuerzo por seguir día a día superándose.

De vez en cuando me escribía unas cartas muy encendidas contándome los progresos que estaba teniendo en su equipo hasta que llegó un momento en que la noticia explotó. Había sido fichado por un equipo de máxima categoría en su provincia. Debía hacer desplazamientos muy largos para poder entrenar tres o cuatro días a la semana y jugar los partidos el fin de semana. Los padres, viendo la ilusión del niño, le apoyaban en todo cuidando también que no repercutiera en sus estudios.

Los entrenamientos eran muy duros y la presión que había en ese equipo era muy grande. Jorge, que es muy sensible pero muy fuerte, aguantaba la presión aunque a veces volvía a casa con lágrimas en los ojos. El entrenador no tenía ningún tipo de piedad. Lo único que valía era ganar y el que no aguantara, debía irse del equipo. Era una selección natural.

Empezó a notar unos dolores en la rodilla y los médicos del club le dijeron que era del crecimiento pero el dolor persistía y era insoportable. Le aconsejaron una nueva revisión y los médicos le diagnosticaron una lesión importante que no le permitía seguir jugando al fútbol por el peligro que llevaba si continuaba practicándolo.

Os podéis imaginar lo que significó para él una cosa así. Intentaron que le viera otro médico pero el diagnóstico era el  mismo. Debía dejar el fútbol. La noticia me llegó al poco tiempo y fue una auténtica jarra de agua fría. No me lo podía creer. La carta de Jorge era impresionante. Había asumido completamente la decisión de dejar el fútbol. Todos los esfuerzos que había hecho se lanzaban por la borda. Como consecuencia de todo esto, también dejó de venir a la Fundación en los veranos. Sin embargo, seguíamos en contacto. Jorge seguía mandando unas felicitaciones en navidad muy cariñosas y se le veía animado dentro de su contrariedad. La vida seguía y había que reenfocarla, nada más.

Miquel es un jugador alevín que lleva tiempo en la Fundación Marcet. Del fútbol del colegio pasó al fútbol federado en la Fundación Marcet. Desde el primer momento se le vieron unas cualidades para la práctica del fútbol. Parecía que tenía manos en los pies. En estos años, su progresión ha sido muy grande y la Fundación le ofreció una beca de formación para ayudarle a conseguir su objetivo como futbolista.
En la actualidad Miquel ha progresado muchísimo y es el deseo de muchos equipos de primera línea pero él tiene muy claro que debe seguir formándose y que no hay mejor lugar que este para hacerlo. Entrena con mucha intensidad y ha estado preparándose todo el verano en los cursos intensivos. Está muy fuerte, ha crecido, su progresión es increíble.

El último día del turno de septiembre, en un partido tuvo la mala suerte de lesionarse en el brazo. Lo llevamos urgentemente al médico y volvió con un buen yeso en el brazo. Cinco o seis semanas en el dique seco. La cara de Miquel, aunque tranquila, reflejaba la preocupación de no poder estar con sus compañeros entrenando. La temporada empieza y él no podrá entrenar ni un solo día con sus compañeros de equipo.

Pasan las semanas y él se encuentra ya perfectamente. Está contando los días y piensa que le quitarán el yeso en una semana. En su imaginación ya se ha montado toda una historia: aunque tenga el yeso, podrán recortárselo un poco para poder empezar a trotar, podrá correr, podrá llegar a tiempo a los últimos entrenamientos…Llega el día de la visita al médico para ver cómo va la rotura, si el hueso no se ha movido de su lugar, etc. El médico confirma que la cosa va bien y cuando Miquel le pide entrenar ya, recortar el yeso, quitarlo antes de lo previsto,  se encuentra con la negativa total del médico. Tendrá que esperar hasta el último día previsto y se alargará hasta la sexta semana ( no la quinta).

Miquel sale desmoralizado del hospital. Tiene que esperar y posiblemente no llegue al primer partido. Está desesperado. Yo aproveché para contarle la historia de Jorge y él se dio cuenta de que lo suyo no era nada comparado con lo de Jorge. Tenía mucha suerte de estar tan bien y aunque tenía que esperar, eran pocos días comparado con los dos años de Jorge.

Sin embargo, Jorge me ha escrito un inesperado mensaje hace muy poco. Contaba que tras dos años de dique seco, en la última revisión médica, le han dado de alta para el deporte y ya puede jugar de nuevo al fútbol. Copio el mensaje: Soy Jorge te escribo porque me siento muy feliz porque ayer por fin mi médico me dijo que puedo volver a jugar al fútbol, para que compartas estos momentos, me acuerdo de todos, besos, la vida me ha dado otra oportunidad. Gracias.

La vida está llena de estas pequeñas historias de tantos jóvenes que se esfuerzan con ilusión por alcanzar una meta llena de ilusión. Como es natural, surgen muchas dificultades que deben servir para aprender a afrontarlas con deportividad, con optimismo y nos preparan para afrontar otras mayores que surgirán en la vida. Si somos capaces de enfocarlas bien, son enriquecedoras y nos ayudan a ser mejores personas.

martes, 13 de diciembre de 2011

Una moda peligrosa: "el todo vale"


Es evidente que toda educación requiere autoridad. Sin embargo, es bueno que aclaremos que no podemos entender la autoridad con el autoritarismo de la violencia física ni de la humillación.

Entendamos mejor la autoridad como el PRESTIGIO capaz de garantizar un orden básico.  Si tuviéramos este concepto claro, el eterno debate de la autoridad quedaría zanjado. Además, ese orden precisa información moral sobre lo que está bien y lo que está mal para que la norma de conducta no sea la ausencia de toda norma, el todo vale.

Preguntando a los profesores cómo aplicaban ellos esa autoridad, me contestó uno que él lo que hacía era dejar claro las normas de convivencia que se pedían en la Fundación: respeto entre los compañeros, orden en el vestuario, puntualidad en los actos, cuidado del material deportivo, llevar bien el uniforme de entrenamiento, etc. Y eso lo exigía al máximo. Los chicos inmediatamente respondían bien a que tenían claro qué es lo que debían hacer, estaban bien informados.

La autoridad supone transmitir la obligatoriedad de unas pautas y valores fundamentales, de unos criterios que ayudarán a construir personalidades equilibradas, capaces de obrar con libertad responsable.

Cuando a los chicos se les marcan con seriedad unas pautas y se dedica tiempo a comprobar que se cumplen, entonces responden positivamente porque lo tienen claro. Ellos necesitan esa seguridad que te ofrecen las normas de juego.

Sin embargo, si aplicamos una tolerancia y una permisividad extrema tal como marcaba la  educación moderna, lo que conseguimos son niños y jóvenes descontrolados que no tienen claros los criterios y viven de la impunidad.

Algún profesor empapado de esas teorías modernas intentó ganarse el prestigio y la autoridad del grupo buscando la cercanía del grupo sin marcarles de cerca las obligaciones y pautas de actuación. Como buenos amigos. Poco a poco el grupo se le iba descontrolando y, cuando quiso cambiar de táctica, ya era tarde porque había perdido la autoridad.

Todos sabemos que la primera autoridad debe ejercerse y aprenderse en la familia y también tenemos claro que esto no siempre sucede. Son muchos los ejemplos que podemos apreciar de padres y profesores que escamotean esa responsabilidad que tienen y se dedican a tratar con sus hijos o con sus alumnos, de igual a igual, como coleguillas sin darse cuenta de que la educación no es ni debe ser una relación entre iguales.

Con los hijos no se puede discutir la necesidad de una atención médica, ni la de comprar un tipo de ropa, ni la necesidad de un cambio de colegio, ni el tipo de alimentación que necesitan. Son responsabilidades de los padres y muchas veces permiten que los hijos sean los que decidan sin darse cuenta que no tienen la posibilidad de tomar decisiones acertadas en muchos temas por falta de información y de criterio.

Da lástima ver a niños que no hacen ni caso de las indicaciones que les dan sus padres. No quieren negarles nunca sus deseos por el miedo a que no sean felices. Lo que no saben es que lo que realmente necesitan es una correcta autoridad para sentirse felices y seguros.

Los padres vienen con frecuencia a comentarme que el primer día de curso en la Fundación Marcet, su hijo llegó con el miedo y la inseguridad de los desconocido y lo nuevo. Pero que conforme pasaban los días se sentía como en su casa y se le veía muy feliz, muy seguro. Al principio, los padres y los chicos quedan preocupados por las advertencias iniciales que se dan al inicio del curso en la reunión de la mañana, ya que son muy exigentes: hay que comérselo todo, hay que dormir 10 horas, deben llevar el uniforme bien puesto, etc. Todas estas normas les proporciona a los chicos la seguridad que necesitan.

Algún chico de los más pequeños me comentaba lo mismo, que el primer día tenía miedo por todo lo que había oído en la presentación del curso pero que ahora era al revés. Estaba encantado con todo. Una forma más sencilla de decir lo mismo.

Sin embargo, hay adultos que se empeñan en proporcionar a los niños y jóvenes una felicidad absoluta y constante. Eso tiene como consecuencia una permisividad e impunidad casi completas.

La mentalidad de estos adultos es la de buscar la armonía familiar o del grupo sin darse cuenta que a la larga esta fabricando un polvorín muy peligroso ya que los niños son insaciables y siempre querrán más.

Un profesor joven tuvo una experiencia de este tipo en este verano. Le tocó trabajar con preadolescentes y empezó como pudo. Para no crearse muchos problemas, hizo la vista gorda en aspectos que rozaban la autoridad y cuando quiso poner orden, el grupo se le había escapado. Entonces empezó a amenazar con castigos pero no surgían efecto porque en realidad no pasaba nada. Cuando el castigo terminaba, todo volvía a su normalidad. El profesor terminó cansado y vino a verme.

Le expliqué que si los chicos se portaban mal era por su culpa. Ellos necesitan que les marquemos unas normas, que les expliquemos dónde están las fronteras donde no se puede pasar y si no las marcamos, se sienten inseguros y van buscando hasta donde pueden llegar. Tenía que hacer un reset y empezar de nuevo aunque fuera un poco tarde.
Tenía que recuperar la autoridad perdida. Hoy mismo debes tener una reunión con ellos y explicarles las normas de convivencia que quieres establecer con ellos.
Si alguno no es capaz de seguirlas hay que atajarlo inmediatamente y explicarle con cariño pero exigiendo con fuerza que lo que hace está mal y que si no cambia tendrá que tomar una seria medida que puede estar en hablar con sus padres para que cambie de actitud o marcharse. Si esto se hace a tiempo, las cosas no se salen de madre. La falta de autoridad que existe en la sociedad es debido a la ausencia de ésta en los adultos responsables de ponerla en práctica. Es muy fácil ser blando pero las consecuencias que ello lleva consigo son nefastas.

Por este motivo, es inadmisible que un adulto diga que es un blando con sus hijos o con sus alumnos porque está demostrando una falta de responsabilidad muy grande.

Tiemblo ante la actitud de muchos abuelos que tanto ayudan en las familias para cuidar a los nietos o llevarlos de un sitio para otro. Veo cómo se les llena la cara de orgullo con su nietecito y cómo les consienten todo aquello que no han consentido a sus hijos. ¡Cuánto daño hacen con su actitud irresponsable! Muchas veces destruyen toda la labor de los padres que con buen criterio están educándolos en la sobriedad, en el esfuerzo y en la generosidad.

Hay iniciativas verdaderamente sorprendentes en la vida, como la de la Policía de una ciudad norteamericana que elaboró el siguiente decálogo al apreciar la conflictividad de los jóvenes en su ciudad. No tiene desperdicio:

1.  De a su hijo todo lo que le pida. Así crecerá convencido de que el mundo le pertenece.
2.  Si su hijo habla con expresiones groseras, ríale la gracia para animarle a ser más grosero.
3.  No le de ninguna formación en valores, ya los adquirirá él solo cuando sea mayor.
4.  No le llame la atención, podría lastimarle sus sentimientos.
5.  Recoja todo lo que deja tirado, ahórrele todo tipo de esfuerzo, así pensará que todo el mundo debe estar a su servicio.
6.  Que lea y vea todo lo que le apetezca. Cuide la limpieza de sus platos y vasos pero deje que el corazón y la cabeza de su hijo se llene  de basura.
7.  Discutan delante de su hijo, así no se sorprenderá el día en que su familia se rompa.
8.  Dele todo el dinero que quiera gastar, no vaya a sospechar su hijo que es necesario trabajar para ganarlo.
9.  Satisfaga todos sus deseos, placeres y caprichos para que nunca sepa que las cosas se consiguen con esfuerzo.
10.         Póngase de su parte en los conflictos que vayan apareciendo, piense que todo el mundo está contra su hijo. Eso le permitirá vivir de forma irresponsable e irreal.

Esto me recuerda la anécdota que vivimos todos los años cuando hablamos de esto con los alumnos de la Fundación Marcet. Cuando empieza un curso, les explicamos a los niños que a partir de ahora deben ser responsables con sus cosas. Que ha llegado la hora de realizar un cambio que demuestre que pueden estar aquí:

A partir de ahora:

1.  Yo soy el que me preparo la bolsa de deporte. Si me dejo algo, la culpa es mía.
2.  Yo soy el que llevo la bolsa porque si no soy capaz de hacerlo es que no merezco estar aquí.

Y la lista de responsabilidades continúa.

A partir de ese momento, suceden anécdotas muy divertidas que demuestran que los niños son capaces de hacer mucho más de lo que nosotros pensamos y que a veces les tratamos como si fueran pequeños y no crecen ni maduran lo que tendrían que crecer por culpa de los adultos que actuamos así porque pensamos que es una forma de quererlos.

Los niños reaccionan muy bien ante estos retos que les exige en realidad poco esfuerzo. Por ejemplo,recuerdo el caso del niño que sale del coche y su padre saca la bolsa de deporte del maletero y se la carga encima. Sin embargo, el niño se la arrebata con cara de suficiencia como diciendo, papá, que ya soy mayor para que me lleves la bolsa.

Otro caso parecido es cuando los profesores, que estábamos reunidos a las 8 de la mañana empezamos a observar los niños que iban llegando con la bolsa y los que aparecían con la bolsa cargada por su padre. El primero que llegó, el niño iba primero tan pancho y el padre atrás, con la bolsa cargada. Pero el segundo, era un niño con su bolsa a cuestas y el padre detrás. Los profesores al verlo arrancamos en aplausos. El padre nos miró y nos preguntó cuál era la razón de los aplausos y cuando se lo explicamos , levantó las manos en señal de victoria. Hubo una explosión de aplausos y de risas muy simpáticas. Pero nos quedamos con el dato.

La crisis de autoridad que actualmente vivimos suele tener un efecto perverso, antinatural y bien conocido: la tiranía de los hijos sobre los padres y de los alumnos sobre los profesores.

Puedo comprobarlo todavía en muchos padres esclavizados por sus hijos. Recuerdo el caso de un alumno de 9 años. Edad maravillosa pero también muy peligrosa. Acaba de entrenar y sale del vestuario. Mientras mira a su padre que le pregunta cómo ha ido el entrenamiento, el niño, en lugar de responderle con educación le alarga el brazo mostrándole la bolsa. El padre, sumiso, se la recoge. Luego, el niño pone cara de enfadado y le dice que quiere un helado. El padre, sin pensarlo dos veces, saca dinero del bolsillo mientras el niño, en ese momento, pone carita de niño mimado. Mientras se toma el helado, el padre se pone a hablar con otra familia y entonces el niño le echa una bronca y le dice a su padre que quiere irse ya. El padre rompe la conversación para salir disparado con su hijo, con la bolsa a cuestas…la historia puede seguir pero ¿a dónde vamos a parar? ¿qué podemos exigirle luego si está acostumbrado a mandar y a tenerlo todo en su mano sin esfuerzo alguno?

Los niños llegan a nuestras manos con unos hábitos de conducta insuficientes para encarar con éxito su aprendizaje. Cuando la familia educaba, nosotros podíamos encargarnos de enseñar. Ahora la escuela debe hacer las dos cosas y el resultado es que no hace ninguna de las dos bien porque quien mucho abarca poco aprieta.

Nosotros esto lo notamos y se valora mucho el niño que viene educado desde casa. Tenemos el 50% del trabajo hecho y somos capaces de conseguir buenos resultados aunque no tenga unas grandes cualidades como futbolista pero pone esfuerzo e interés por hacer las cosas bien.





domingo, 4 de diciembre de 2011

La autoridad: ayudar a crecer



 
Los niños son educados para ser adultos, no para seguir siendo niños. Han de ser educados para que crezcan mejor, no para que no crezcan. Y crecen ayudándose de los adultos que les ofrecen juntamente apoyo y resistencia, como crece la hiedra en la pared.

Por este motivo, la autoridad de los mayores se propone a los menores como una colaboración necesaria para ellos.

Es importante dejar claro que la autoridad no consiste en mandar sino en ayudarles a crecer. Esta simple idea es la base por la que en la Fundación decimos que no existen los castigos ni los gritos. Hemos de tener en cuenta que los chicos que acuden a nuestros cursos lo hacen con unas enormes ganas de crecer, de mejorar. Nosotros hemos de darles las herramientas para que lo puedan conseguir. Se da por supuesto que el éxito de esta enorme tarea no existe sin esfuerzo personal.

Si los profesores no ayudan a sus alumnos con autoridad y afecto y lo hacen con gritos y amenazas, lo único que conseguirán con los alumnos son resultados a corto plazo llevados por el miedo. El único miedo que debe existir en el niño, y esto lo consideramos muy positivo, es el temor a perder la estima de su profesor.

La única autoridad válida es la que el profesor adquiere por su prestigio. Esa autoridad se gana día a día a través del buen ejemplo, de la profesionalidad de sus clases, de sus buenos hábitos, de sus conocimientos. Lo que no podemos hacer es ganarnos la autoridad del niño con cuatro gritos mal dados. Normalmente lo que estamos haciendo es el ridículo.

En una ocasión me preguntaron cómo es que hay profesores que consiguen obtener una autoridad tan alta cuando nunca les vemos elevar la voz ni enfadarse. La pregunta venía motivada por uno de los profesores que estaban impartiendo clase y me la hacía un padre. Además, añadía, que él no lo había conseguido en casa con sus hijos: tenía que repetir mil veces las cosas para que quizá le hicieran caso.

No hay más que observar la actitud de este profesor para apreciar algunos detalles que no se ven a simple vista. A sus alumnos les exigía mucho pero sabiendo en cada momento hasta dónde podía llegar cada uno. Además, no lo impone sino que lo razona adecuadamente con lo que sus alumnos entienden el por qué de lo que les está pidiendo.

También pude comprobar que cedía cuando podía ceder y no cedía cuando no debía hacerlo. Dialoga con ellos y se sabe explicar. Cuando manda algo, sabe hacerlo con firmeza y suavidad junto con una gran seguridad en que lo que pide se lo pueden dar. Nunca le vemos gritar, gesticular o tomarse las cosas  por la tremenda. Consigue que sus alumnos le obedezcan con una mirada o un silencio.

Muchos de los lectores estarán pensando que esto que acabo de describir es muy bonito pero realmente difícil de aplicar en la realidad. Volvemos a la misma idea: hemos de ayudarles a crecer. Si esta premisa la tenemos clara y presente en nuestro actuar diario, no dudes que lo conseguirás. El problema que nos encontramos en el día a día es que quizá ya hemos llegado tarde y cambiar es complicado.

Nunca es tarde para cambiar tratándose de nuestros hijos. Si verdaderamente queremos ayudarles, necesitan de nuestra autoridad para sentirse seguros. Y esa autoridad la tenemos que ir ganando poco a poco.


Analicemos por partes lo que hemos comentado antes.

1.  Les exigía mucho. Cuando hablas con los alumnos de la Fundación Marcet suelo preguntarles por su profesor para tener referencias desde otros puntos de vista que no son la pura observación personal. Me alegra mucho cuando me comentan que el profesor es muy exigente añadiendo una cara de satisfacción expresando claramente la idea de que están encantados de que les exijan. Sí, esto es así. Los chicos que vienen aquí no buscan pasar el rato, desean aprovechar el tiempo al máximo y necesitan un profesor que les exija para poder hacerlo. Ellos solos no rendirían de la misma forma.

Los padres debemos ser exigentes con nuestros hijos, ellos lo esperan y eso les satisface.

2.  Sabiendo en cada momento hasta donde puede llegar cada uno de sus alumnos. Existe una preocupación por cada uno de ellos. No son iguales y cada uno necesita un objetivo distinto. Insistimos mucho en este aspecto cuando trabajamos con nuestros alumnos en un programa. Lo primero que hemos de hacer es conocerlos bien. Pedimos informes de la familia, buscamos los archivos internos del chico, recogemos todos los detalles para poder calar al chico en su actitud y en sus aptitudes. A mitas de curso hablamos con cada uno de ellos para que sepan qué es lo que tienen que mejorar y que aspectos dominan a la perfección. Eso les ayuda a marcarse metas ambiciosas pero asequibles. Si a un alumno le pides más de lo que puede dar, puedes hundirle. Si le pides menos de lo que puede dar, puede decepcionarse o dejar de esforzarse.

Los padres conocemos perfectamente a nuestros hijos aunque animaría a poder llegar a la segunda capa. La primera es muy superficial y en el fondo pensamos que nuestro hijos es así pero cuando profundizamos nos damos cuenta de que no tiene nada que ver con lo que yo pensaba. Fomentar las conversaciones entre padre e hijo son importantísimas para poder conocerlos a fondo. A partir de ahí sabremos hasta donde podemos exigirles.

3.  No les impone sino que les razona las cosas. Estamos ante un profesor con autoridad pero no autoritario porque no impone las cosas sino que las razona. Esta faceta es importante porque supone un saber colocarse a la altura del alumno para ofrecerle una serie de razones por las que conviene hacer una cosa o la otra. Esos razonamientos sustituyen a las imposiciones autoritarias que muchos profesores pueden utilizar por falta de conocimiento, de ganas o de convicción. Es mucho más rápido imponer que razonar. Sin embargo es mucho más eficaz razonarlo. Cuando le razonas las cosas, el chico se pone a tu favor y quiere satisfacerte. Cuando las impones, se rebota aunque tengas razón porque no son modos de decir las cosas.

Los padres queremos ir muy rápido en esta fase y queremos conseguir las cosas sin agotarnos y educar exige esfuerzo y mucha paciencia. Hay que explicarlo todo, razonarlo bien, de tal forma que el niño descubra que lo que le manda su padre vale la pena hacerlo. Merece ser obedecido porque le lo ha explicado muy bien y tiene sentido y, por lo tanto, lo quiero hacer.

4.  Cede cuando se ha de ceder. Hay momentos en que debemos saber ceder porque nos damos cuenta de que no tiene importancia y otros momentos en que, quizá, no hay que hacerlo. Un ejemplo muy interesante está en una situación bastante típica entre los alumnos de la Fundación. El profesor tiene muy claro que los chicos deben ir a refrescarse de vez en cuando porque hace mucho calor. La autoridad del profesor está en hacerles ver que es él el que decidirá cuándo se va a beber agua y no al revés. Por esta razón, cuando un joven jugador que se estaba esforzando mucho pidió ir a beber agua, el profesor le comentó que no. Que dentro de poco irían todos porque ahora había que terminar el ejercicio ya que estaba a la mitad. El buen profesor puede ceder, alguna vez, comentado al chico y adelantándose a una posible petición suya: aunque no es la hora de ir a beber agua, puedes ir porque te estás esforzando mucho. Esto el niño lo valora porque sabe que no te saltas la regla aunque puedes hacer excepciones. En realidad estás reforzando tu autoridad.

En casa pasa lo mismo y, a veces, nos ablandamos y cedemos cuando no es el momento oportuno. Hay que tener cuidado porque si das la mano te toman el brazo y has perdido ya toda tu autoridad.

5.  Cuando manda algo, sabe hacerlo con firmeza y suavidad. No hay nada mejor en el mundo que mandar sin levantar la voz, sin estar nerviosos, sin transmitir ningún tipo de enfado. Eso le da mucha seguridad al niño y refuerza tu autoridad. No podemos dudar. Eso le da poca confianza y podemos tener malos resultados. Antes de mandar algo, piénsalo bien porque no podemos echarnos para atrás. Mírale a la cara y procura que él también te mire. Manifiéstale que confías en que es capaz de hacerlo perfectamente.

En casa se levanta mucho la voz y parece que el que más grita, más manda y es un error. Prueba el método clásico de bajar la voz al máximo, verás que los decibelios de la casa también se reducen y descubrirás lo que significa la paz, la tranquilidad, la armonía. Hablar con un tono bajo pero seguro refuerza mucho tu autoridad.

En definitiva, podemos resumir todo lo dicho con la siguiente idea: los chicos sienten tal admiración por su profesor o por su padre o madre que son capaces de obedecer siempre. Este es uno de los mayores secretos de la autoridad. ¿Sorprendente no?