
Ser sincero, ser honrado, son aspectos que un jugador de fútbol puede aprender. Si lo hace, conseguirá ser una persona en la que todos confiarán. No es fácil porque en muchas ocasiones queremos quedar bien y mentimos. Queremos resaltar nuestras cualidades y exageramos. Queremos que nos tengan bien considerados y engañamos.
Sin embargo la mentira siempre se descubre y cuando uno la lleva dentro es como un peso que uno lleva dentro y que hasta que no lo saca, no se queda tranquilo.
En el mundo del fútbol hay muchas ocasiones para entrenarnos en la sinceridad. Por ejemplo, cuando el balón lo he sacado fuera yo, he de ser honrado y decir la verdad. Cuando uno no tiene la edad para jugar en el equipo, nunca hago trampas para jugar.
Quiero contar algunos casos que ocurrieron recientemente y que me han llamado mucho la atención porque dicen que si mientes en cosas pequeñas, posiblemente mentirás en cosas más grandes.
En una ocasión dos profesores que daban clase en el verano vinieron a verme porque estaban muy molestos ya que les había desaparecido la bolsa de balones. Me pareció muy extraño y aproveché para investigar un poco. Le pregunté al encargado de material qué pasaba con las bolsas de estos dos profesores ya que él es el encargado de controlar la entrega de las bolsas. Me comentó que las había encontrado abandonadas en el campo de fútbol y que las había escondido para hacerles ver a esos profesores su falta de responsabilidad.
Los dos profesores fueron llamados para asegurarnos del tema y comentaron delante del encargado de material que las habían dejado delante de la puerta porque el encargado en ese momento no estaba. Gran mentira.
Les informamos que las bolsas estaban en el campo abandonadas y reconocieron que efectivamente, se habían olvidado de devolverlas. La mentira fue descubierta. ¿Qué podemos pensar de un profesor que ha mentido en un aspecto tan pequeño? ¿podremos confiar en él para otras ocasiones? ¿cómo transmitirá ese valor a sus alumnos si él, personalmente no lo vive? Es un asunto grave. Nos quedamos muy preocupados y, sin embargo, ellos no lo estaban.
Mentir para justificarte delante de los demás, para esconder tus propios errores, para deshacerte de una persona que te molesta. La mentira está aceptada como algo normal y necesario y es un error muy grande considerarlo así. En la vida, muchas veces, debes ir contra corriente porque lo que opina la mayoría no es lo que debes hacer.
Los casos de dopaje son casos claros de falta de sinceridad. Para ganar una competición debo tomar tales pastillas que están prohibidas pero sin las que es imposible ganar.
Quiero contar una historia real más que sucedió este verano. Es justo el lado contrario de la sinceridad, el ser excesivamente sincero.
Jorge, de Tenerife, tiene 15 años y es un portero excepcional. Es la primera vez que viene a la Fundación Marcet. Estaba alojado en la residencia, recién construida y que puede albergar a más de 60 deportistas. Se quejaba de todo en voz alta. Que si la comida, que si la cama, que si los entrenamientos, que todo era una porquería. Que le habían engañado. Todo lo comentaba en voz alta con lo que creaba un ambiente desagradable en su entorno y contagiaba su pesimismo a los demás alumnos. Una noche, se pasó bastante tiempo junto con otros haciendo ruidos y molestando al resto que quería dormir. Al día siguiente, se les llamó la atención.
Entonces todos aceptaron que estaba mal lo que habían hecho pero él quiso ser “más sincero” que los demás y comentó que todo era una porquería y que le habían engañado. Tras escuchar todo lo que dijo, pensamos que era mejor informarse de lo que estaba pasando antes de tomar una decisión. El chaval no entendía que por decir la verdad sin ningún miedo fuese castigado. Esto lo repitió varias veces como argumento.
Lo primero que hicimos fue consultar a su entrenador. Es un entrenador con mucho prestigio que todo el mundo admira y que da las clases muy bien. Era imposible que no estuviera contento con las clases. Sin embargo el profesor dijo que como portero era excelente pero que su actitud no era muy buena.
La decisión estaba tomada. Había que darle una buena lección. Lo llamamos y le comentamos que habíamos decidido expulsarle de la Fundación. Que íbamos a llamar a sus padres para que lo recogieran inmediatamente. Que por supuesto le devolvíamos el dinero del curso porque no nos interesaba tener una persona así. El chico salió disparado hacia su habitación para hacerse la maleta. Cuando vamos a comprobarlo nos percatamos de que está llorando como un niño pequeño. ¡ Habíamos conseguido crear la crisis necesaria para poder empezar a edificar algo distinto de lo que hasta ahora había demostrado! Se había mostrado ante sus compañeros como un personaje duro e intratable que quizá quería llamar la atención con sus salidas de tono excesivamente sinceras.
Le hicimos ver que no era nada buena esa actitud porque estaba haciendo mucho daño a su compañeros. Más de mil alumnos habían pasado por la Fundación ese verano y todos habían salido muy contentos con esa experiencia. Que si algo no le parecía bien tenía las personas adecuadas para comentárselo y seguro que tendría arreglo pero la sinceridad debe moderarse el respeto a los demás. No podemos decir las cosas si eso puede dañar a los demás. Hemos de ser prudentes y comentarlas con la persona idónea.
Jorge pidió una oportunidad porque el no quería irse de allí. Esto es algo que no coincidía con lo que había estado diciendo ya que lo criticaba todo diciendo que estaba todo mal. Creo que era la primera vez que lloraba desde hace mucho tiempo. Lo sentía de verdad. Su actitud iba a cambiar.
Sin embargo, había hecho mucho daño a los demás y debía reparar. Tenía que pedir disculpas a sus compañeros y rectificar lo que había dicho para poderse quedar. Lo hizo aunque estoy seguro que le costó, pero lo hizo y eso fue lo mejor que le pudo ocurrir porque es verdad que su actitud cambió. El resto del curso se le vio feliz y tanto cambió que por unanimidad recibió el premio al mejor jugador del curso.
Los adolescentes tienen un concepto de la sinceridad que no es muy adecuado. Pensaba que su sinceridad era correcta y no se daba cuenta del daño que estaba ocasionando.
Acabo de recibir un mensaje por correo electrónico que habla del mal ejemplo en esta virtud de la sinceridad que dan los jugadores profesionales. Lo adjunto para que pensemos en los muchos aspectos en los que podemos incidir en nuestros alumnos o en nuestros hijos:
Duele ver las imágenes de jugadores que, después de que casi ni los hayan tocado, se revuelcan por el suelo como si sufrieran un dolor terrible. También los hay que se tiran descaradamente para fingir un penalti o que celebran como algo glorioso un gol anotado voluntariamente con la mano. Como el fin justifica los medios y el concepto de honor es inexistente, si se consigue engañar al árbitro (y, de paso, perjudicar vilmente al equipo rival, al propio árbitro y al deporte), el simulador llega incluso a creer que ha realizado una acción virtuosa.
Un jugador de rugby (noble deporte) se moriría de vergüenza si le rozasen la cara y se tirara al suelo como si se la hubieran partido. En este sentido, me pregunto qué sentirá un futbolista profesional cuando se ve a sí mismo en televisión haciendo el ridículo, dando un ejemplo nefasto a los miles de niños que lo admiran y lo siguen cada jornada. Estaría bien que los comités de competición pudiesen castigar severamente a los tramposos , a los que han olvidado que el honor jamás debe perderse (si para ello hay que cambiar ciertas normas, adelante, por qué no).
Cierto es que a los propios jugadores debería repugnarles el hecho de tratar de sacar ventaja de forma miserable y desleal; pero, ya que parece que a algunos de ellos les importan un pimiento los valores, resulta imprescindible que quienes velan por la integridad del deporte tomen cartas en el asunto. Por supuesto, también es de esperar una condena firme por parte de los dirigentes de los clubes, de los medios de comunicación y de los aficionados en general. De alguna forma habrá que intentar que reflexionemos y consigamos devolver a ciertos deportes lo que, en origen, era parte fundamental de su esencia: el honor.
Quiero terminar de una forma positiva. Es un caso muy reciente. Ya sabemos que en el deporte existen riesgos de falta de respeto continuamente. Este es el caso de un grupo de porteros en un turno de verano. Ya el primer día del curso intentamos dejar claro que aquí vienen jugadores muy buenos, buenos y normales. Y, en algún momento, puede surgirnos la idea de meterse con el más débil apoyándose en el grupo, para ridiculizarlo.
Diego, que estaba realizando un curso formidable vino a verme para comentarme que lo estaba pasando muy mal. Las lágrimas le delataban. Ya no aguantaba más y había decidido comentarlo.
He de aclarar que estas situaciones son bastante normales pero si le haces el caso que se merecen, estás consiguiendo aprovechar una ocasión interesante para educar en los valores del respeto y, como se verá, en otros complementarios. Los protagonistas de esta historia están en situación óptima para recibir una información correcta, siempre que se enfoque bien el asunto. Es lo que llamamos un momento especialmente sensible para educar. ¡Qué pena da ver cómo en nuestros hogares o en nuestros centros educativos, debido a la falta de tiempo o a la superficialidad de la propia vida, no somos capaces de aprovechar esos momentos y los tiramos por la borda para poder llegar a tiempo al telediario, o para solucionar aquel otro asunto que nos parece de vital importancia.
A los pocos minutos, ya tenía a los tres protagonistas junto a mí. Diego cuenta su versión de los hechos y pregunto a los otros dos si realmente ellos habían hecho comentarios para dejarle en ridículo.
Me llamó la atención que el primero lo negara rotundamente y, sin embargo, el segundo lo confirmara con toda la sinceridad del mundo y con cara de arrepentimiento. Insistí al que lo negaba pero no conseguí que lo reconociera. El otro se reafirmaba en su error reconociendo que lo había ofendido con sus comentarios.
En esos momentos me di cuenta de lo importante que era resaltar el valor de la sinceridad y decidí cambiar de discurso. Me dirigí al niño sincero y le expliqué que lo que había hecho estaba muy mal ya que es una falta de respeto hacia una persona que se merece de nosotros lo mejor. Sin embargo, estaba muy contento porque había dicho la verdad y eso es algo muy importante ya que ayuda a la persona a mejorar cuando se reconocen con humildad los errores, mereces la confianza de los demás porque saben que pueden apoyarse en ti porque nunca les engañarás, etc.
La verdad es que son esos momentos en los que te emocionas por dentro porque ves que hay mucha madera dentro de los corazones de estos niños y que soplando un poco puedes encender verdaderas hogueras llena de valores que son la base de su futura personalidad. ¿O no pensáis que la próxima vez que el niño sincero haga una pequeña o gran trastada pensará que vale la pena reconocerlo?
El niño mentiroso, después de las flores que recibió el niño sincero, debió pensar que había sido una lástima no haber dicho la verdad. Intenté darle una oportunidad y le volví a preguntar si él había hecho lo que contaba Diego y la respuesta fue un poco más sincera, comentó que una vez sí lo había hecho. Le miré a la cara con comprensión y le comenté que empezaba a gustarme su cambio de actitud. Por fin estaba siendo sincero Aunque todavía le faltaba serlo un poco más.
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